viernes, 24 de enero de 2025

Las segundas partes.

En el último de los instantes, 
antes de que la espada rebanase
la cabeza de su amada estatua, 
gritó que su vida no sería nada sin ella.

Cantó todas las sucias verdades que ocultaba, 
con tal belleza,
que la escudera quedó embrujada.

En ese preciso momento,
el caballero se convertía en dama.
La valentía del amanecer
ahora daba paso a la muerte del alma.

Cerró la torre y abrazó el frío de su cama.

Una vela encendida en su ventana,
esperando una vez más, 
que su profundo amor curase todas las heridas.
Que el tiempo no significase nada,
mientras el brillo de sus ojos se marchitaba.

No era el roce que ella suplicó en antaño.
No existía el hombre con el que soñó durante una decada.
No había del amor que ella predicaba.

Ahora que había mostrado el filo de su espada,
el silencio se disipaba,
sin saber que,
las palabras que nacen del miedo,
no valen nada.

Había muerto la confianza.

Ni lloró ni suplicó más.
Sólo se quedó mirando a través de la ventana.





Ahora la estatua era ella.







No hay comentarios:

Publicar un comentario