No se puede ocultar esta verdad del mundo.
Que cuándo solté tu mano,
liberaba mi deseo de un ancla muy pesada.
Sin un miramiento,
me di a los hombres
que embriagan con su presencia.
Aleteé mis pestañas
y atravesé carne con las pupilas.
Soy mi nueva amiga,
y me perdono cualquier pecado cirenaico
o descuido de victimario.
Los pétalos escalan mi piel
hasta llegar a tus labios de llamas.
Y cuando éstas se apagan,
realmente quedan las brasas suficientes
para pasar el resto de la noche sola.
Porque ante todo, estoy aquí.
Qué no se me olvide jamás.