buscando un murmuro que me guiase a casa,
entendí que sólo me tenía a mí misma.
Sin la luz de tu amor,
Sin el mapa de tus palabras,
Sin el cascabel de tus caricias,
estaba totalmente perdida.
Arrodillada en la tierra mojada,
notando la lluvia sobre mis lágrimas.
La única manera de salir de aquel laberinto era, una vez más, aceptar.
Acepté que, a mi lado, tus miedos nunca verían el amanecer.
Acepté que, quizás, tenía más razón de la que quería.
Acepté tu silencio hasta el absoluto final.
Acepté que liberarme, era liberarte a tí.
Continúo en la niebla,
Vislumbrando el halo de las farolas
que señalan el camino de vuelta a casa.
